Todo peregrino necesita alimento para no desfallecer. En la vida cristiana, ese alimento es la oración. Orar no es escapar de la realidad; es entrar en la realidad con Dios. Es llevar la vida tal como es al corazón del Señor.
Jesús mismo oraba. Buscaba espacios de silencio para encontrarse con el Padre. Si Él necesitó la oración, cuánto más nosotros. La oración nos da luz, nos ordena por dentro, nos fortalece cuando estamos cansados y nos devuelve la paz cuando el corazón está inquieto.
Orar es hablar con Dios, pero también aprender a escuchar. En la oración madura, no solo pedimos: también agradecemos, ofrecemos, contemplamos y nos dejamos transformar. A veces la oración será palabra; otras veces será silencio; otras veces será un simple “aquí estoy”.
En este Jubileo, cuidemos la oración cotidiana. Un peregrino que ora no se detiene, porque sabe que el Señor camina con él. La oración sostiene la esperanza y renueva el paso.
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