La esperanza cristiana no se apoya en ideas ni en energías humanas. Se apoya en un acontecimiento: Cristo ha resucitado. Esa es la roca firme. San Pablo lo dice sin rodeos: “si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” (1 Co 15,14). Pero Cristo ha resucitado, y por eso la esperanza no es ilusión.
La resurrección significa que el mal no tiene la última palabra, que la muerte no es el final, que la vida es más fuerte. Y significa también que Dios puede abrir futuro donde nosotros solo vemos límite.
El Resucitado camina con nosotros. Está presente en la Palabra, en los sacramentos, en la comunidad, en los pobres. Cuando la vida pesa, Él sostiene. Cuando la fe vacila, Él reafirma. Cuando el corazón se enfría, Él reaviva.
En este Jubileo, mirar al Resucitado es recuperar el centro. No esperamos “algo”. Esperamos a Alguien. Cristo vive, y porque Él vive, nuestra esperanza es fuerte y nuestra peregrinación tiene sentido.
P. Manuel Gilberto Hurtado Durán SJ, Facultad de Teología San Pablo, Universidad Católica Boliviana

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