La parroquia es más que un lugar donde se realizan celebraciones. Es una comunidad concreta donde la fe se aprende, se comparte y se sostiene. Allí la esperanza se vuelve cercana, porque se vive entre rostros conocidos, necesidades reales y caminos compartidos.
En la vida parroquial, los cristianos rezan juntos, celebran la Eucaristía, se forman en la catequesis, acompañan a los enfermos, sirven a los pobres y anuncian el Evangelio. Esa vida sencilla, cuando es fiel, se convierte en una escuela de comunión.
En tiempos de crisis, una parroquia viva puede ser un refugio de esperanza: un lugar donde alguien escucha, donde se encuentra sentido, donde se recupera la alegría de pertenecer. Por eso, el Jubileo nos invita a renovar nuestras parroquias para que sean más acogedoras, misioneras y solidarias.
La parroquia es el “hogar” de muchos peregrinos. Cuidarla y fortalecerla es sembrar esperanza en la ciudad y en los barrios. Allí aprendemos a caminar juntos.
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