En su homilía dominical, Mons. Óscar Aparicio, arzobispo de Cochabamba, destacó que el mensaje de Jesús no conduce a la tristeza ni a la resignación, sino a la verdadera felicidad a la que Dios llama a toda persona. Subrayó que la vida cristiana, vivida desde la fe, la familia, el trabajo, el servicio y la consagración, está orientada a la dicha plena, porque “Dios no nos ha creado para la infelicidad, sino para la alegría”.
Al reflexionar sobre las bienaventuranzas, el Arzobispo recordó que la misericordia, la paz y la justicia son actitudes esenciales del discípulo de Cristo. “Felices los misericordiosos, felices los que trabajan por la paz, felices los perseguidos por causa de la justicia”, afirmó, señalando que estas palabras del Evangelio revelan el verdadero rostro del Reino de Dios.
Finalmente, Mons. Aparicio exhortó a los fieles a asumir este programa de vida cristiana, siguiendo el camino de Jesús como discípulos y misioneros, dando testimonio de fe en la Iglesia y en medio de la sociedad, con un compromiso concreto al servicio del Evangelio.
HOMILÍA DE MONS.
OSCAR APARICIO
ARZOBISPO DE
COCHABAMBA
DOMINGO 01 DE
FEBRERO
Pero
antes, creo que es bueno hacer un pequeño repaso del porqué o cómo el Señor, a
nosotros y a través de su Palabra, nos ha ido introduciendo en este programa,
en esta manera, en este itinerario de vivir nuestro ser cristianos.
El Bautismo de Jesús, raíz de nuestra misión
El Señor es bautizado. Están allí los testigos. Es el mismo Juan quien lo bautiza en las aguas del Jordán, que, aunque se trata de un bautizo de agua y de perdón de los pecados, él mismo dice: “Vendrá uno que bautice en Espíritu y en verdad”.
Y
lo indica: quién es el Cordero de Dios que nos bautizará en el Espíritu y,
además, es el Cordero sin mancha que nos salvará.
De
este bautizo, por tanto, es propiamente también el principio y la raíz de
nuestro bautizo.
Es a esto a lo que el Señor también nos está llamando: se puede escuchar esa voz que dice “Este es mi Hijo, el consagrado, el Amado”, y nos hace partícipes justamente de este ser de Jesús.
Si
Jesús es bautizado, es que nosotros somos bautizados. Si en Jesús somos
bautizados, nosotros encontraremos en nuestra vida también aquella revelación y
aquello a lo que hemos sido llamados.
El Reino de Dios: Jesús presente entre nosotros
Esta manifestación total —“Este es mi Hijo, el Amado, el predilecto”— nos recuerda que nuestro bautizo procede del bautizo de Jesús.
Esta misión del Señor está plasmada en palabras concretas:
“El
Reino de Dios está cerca, conviértanse”.
Serán los discípulos después quienes anunciarán: “El Reino de Dios está entre nosotros”, refiriéndose a Jesús.
La
presencia de Dios en este mundo, un Dios de la vida y de la historia; Jesús que
se encarna y se hace hombre; Jesús que habita y pisa nuestra tierra; Jesús que
entra en nuestra comunidad.
Este Jesús, estando presente, es la manifestación del Reino de Dios.
La Palabra: luz para quienes viven en tinieblas
La misión de Jesús es anunciar y hacer presente este Reino de Dios, que no se trata de un tiempo ni de un lugar, sino de la actuación de Dios que debe realizarse también en este mundo, como preanuncio de lo que viene.
Por tanto, hermanos, si el Señor nos ha confiado su misión, nos invita también a que contribuyamos a que el Reino de Dios en nuestra realidad se pueda realizar. Es Dios quien reina.
Luego descubrimos que este Reino de Dios, o la presencia de Jesús, es la Palabra.
La
Palabra es la Luz: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz”.
Esta Luz trae amor, misericordia y esperanza. Esta Luz es la Palabra, la Palabra con mayúscula.
Conocer a Jesús para vivir la fe
El Reino de Dios es la presencia de Dios en este mundo, es decir, Jesús.
La
Palabra de Dios, lo que se nos comunica, es Jesús mismo.
Por eso es fundamental vivir y experimentar esta Palabra. Conocer a Jesús, y una de las mejores formas de conocer su vida, su acción y su misión, es a través de la Sagrada Escritura.
Los sacramentos nos ayudan, la presencia de los hermanos nos ayuda, la naturaleza nos anuncia a Dios, pero centrarnos en la Palabra es fundamental.
Hasta aquí, todo es de parte de Dios.
Las Bienaventuranzas: actitudes del discípulo
Hoy la Palabra nos invita a entrar en estas actitudes. Nos invita a ser partícipes del Reino de Dios, a hacer presente a Jesús para que reine en este mundo.
Nos llama a tener actitudes reales y verdaderas. Por eso hablamos de un programa de vida.
“Felices ustedes, bienaventurados ustedes”, nos dice el Evangelio.
Jesús
ve a la multitud, sube a la montaña, se sienta y comienza a enseñar.
No se nos llama a ser perfectos, sino santos. No se nos llama a salvar, sino a presentar al Rey de reyes.
La primera condición es reconocer que no somos dioses, que somos frágiles, pobres y necesitados de Dios.
Felices los pobres de espíritu
“Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.
El pobre es el que se apoya totalmente en Dios, el que se sabe débil, pecador, mortal.
Así
fue David: grande porque confió en Dios y humilde porque reconoció su pecado y
pidió perdón.
Felices los pobres de alma que se apoyan en Dios, porque de ellos es el Reino de Dios.
Un camino hacia la verdadera felicidad
Este es un programa de fe, un camino de discípulos, una invitación a vivir la felicidad verdadera.
Si Dios nos ha creado, no es para la infelicidad, sino para la dicha.
La
familia, el trabajo, la consagración, el servicio, la fe, todo es para la
felicidad.
“Felices los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.
Felices
los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices
los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de Dios”.
Asumir este programa de vida es seguir el camino que Jesús ha hecho y que nosotros queremos recorrer como discípulos y misioneros del Señor, dando testimonio de fe en medio de nuestros hermanos y hermanas que habitan en nuestra Iglesia.
Amén.

Comentarios
Publicar un comentario