Cristo no miró la cruz desde lejos: la asumió. Y al asumirla, la transformó. La cruz ya no es solo signo de derrota, sino lugar donde el amor llega hasta el extremo. De esa cruz brota la resurrección.
Cuando llega la enfermedad, la pérdida, la injusticia, podemos sentir que el camino se oscurece. Pero el cristiano no está solo: Cristo crucificado y resucitado camina con nosotros. En Él, el dolor no queda vacío. Puede volverse oración, compasión, solidaridad, madurez interior.
En este Jubileo, no neguemos la cruz, pero tampoco la absoluticemos. La cruz es parte del camino, no la última estación. Dios puede hacer brotar vida nueva allí donde parecía no haber salida.
P. Manuel Gilberto Hurtado Durán SJ
Facultad de Teología San Pablo
Universidad Católica Boliviana
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