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“Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo”: Mons. Oscar Aparicio hace un llamado a dar sentido y esperanza desde la fe


Mons. Óscar Aparicio, arzobispo de Cochabamba, invitó a los fieles a redescubrir su identidad cristiana como sal de la tierra y luz del mundo, subrayando que el discipulado no se reduce a una práctica externa, sino a una vida transformada por el Espíritu de Jesús.

El Arzobispo recordó que la sal es signo de identidad y sentido: “Así como un alimento sin sal pierde su sabor, una fe sin identidad pierde su fuerza transformadora”. En este contexto, animó a los creyentes a conservar la riqueza del Espíritu para dar sabor a la vida personal y social, especialmente en medio de una realidad marcada por la confusión y la búsqueda de sentido.

Al referirse a la luz, Mons. Aparicio destacó que el cristiano no es luz por sí mismo, sino reflejo de Cristo: “No somos luz propia; somos reflejo de la luz del Señor”. Desde esta convicción, exhortó a no ocultar la fe, sino a testimoniarla con obras concretas que orienten y animen a quienes viven en tinieblas.

Finalmente, llamó a cuidar la luz recibida en el bautismo mediante la Palabra, la oración y la vida sacramental, para que el testimonio cristiano sea creíble y fecundo en la sociedad. “No salvamos por nosotros mismos —afirmó—, somos testigos que conducen a Cristo, fuente de vida y esperanza”.


HOMILÍA DE MONS. ÓSCAR APARICIO

“Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo”

Pueden tomar asiento, hermanos y hermanas.

La Palabra que hemos escuchado, sobre todo la del Evangelio, es la continuidad de Mateo, Mateo que es el evangelista que en todo este tiempo nos va presentando la vida, los hechos de Jesús. Recuerdan que hemos escuchado la Palabra de Dios el domingo pasado: Jesús que sube una montaña y que predica frente a una multitud.

La multitud: los frágiles que buscan sentido

Decíamos que la multitud en la Escritura normalmente siempre significa aquellos necesitados, hambrientos, sedientos, aquellos que buscan la verdad, aquellos que están movidos en el corazón porque son inquietos respecto a encontrar sentido a su propia vida. Por tanto, los solitarios, los desconsolados, los afligidos; se trata de aquellos también pecadores que buscan la misericordia. Se trata justamente de la multitud de los frágiles, de los débiles, de los pecadores; se trata probablemente de nosotros mismos.

Este Jesús habla a ellos y dice: felices ustedes, bienaventurados ustedes, benditos ustedes, y nos da una serie de razones por las cuales hay que estar felices o considerados bienaventurados.

Las bienaventuranzas como programa de vida

No se trataba de ser perfectos en este mundo y seguir al paso estos postulados que se nos dan, sino más bien asumirlos como un programa en la vida cristiana, como algo que necesitamos ir viviendo y creciendo de a poco en este espíritu que el Señor nos está diciendo, para de verdad entrar en este sentido profundo de lo que significa ser bendito, escogido, alabado, feliz, y que nuestro transcurso de vida de creyentes, que se inicia en algún momento, vaya siempre en profundidad.

Jesús habla a sus discípulos

Hoy Jesús habla directamente ya más al creyente, al discípulo. Jesús dice a sus discípulos.

Es interesante esta acotación en Mateo: antes decía “Jesús dice a la multitud”, hoy dice “a sus discípulos”, es decir, aquellos que han escuchado su Palabra, aquellos que están dispuestos a entrar en este programa de fe, aquellos que quieren seguirle, quieren ser guiados por Él, aquellos que se predisponen a seguir el camino de Jesús, abrirse a su Espíritu, a vivir su ser cristiano como Él mismo lo propone, a dejar que el Espíritu los guíe.

“Ustedes —les dice, por tanto nos dice a nosotros también— son la sal de la tierra”.

La sal: identidad y misión del cristiano

Vean qué ejemplo más bello. La sal habla de la identidad del cristiano, del discípulo, del creyente. Para una sopa, para un puchero, para nuestra gastronomía tan rica aquí en Cochabamba, todos sabemos que si no se pone un poco de sal, todo sabe desabrido. La papa no es papa, la carne no es carne, la verdura no es verdura. Basta un poco de sal, se disuelve, y todo cobra sabor.

Así deben ser ustedes en este mundo.

Si ustedes tienen identidad, si tienen espíritu, si siguen al Señor, si quieren ser bienaventurados y han encontrado lo propio de su identidad, es llenarse del Espíritu de Jesús y, al estilo de Jesús, dar sentido al mundo, dar sentido a las personas, hacer que todo tenga sabor y sentido.

Pablo y la ciudad convulsionada

Es lo que dice Pablo a los Corintios. Corinto es una ciudad convulsionada, portuaria, donde llega de todo. La comunidad está compuesta por ricos y pobres, elocuentes y no elocuentes, bombardeados por todo tipo de filosofías y mensajes.

Pablo dice: frente a esta convulsión, yo he venido a predicarles algo fundamental, el sentido profundo de lo que significa el Espíritu de Jesús. No he venido con sabiduría humana ni con elocuencias. Lo que da sentido a la vida no está en el comercio ni en las filosofías, sino en el Espíritu del Maestro y del Señor. Por eso predico a Cristo crucificado.

La realidad de Cochabamba y Bolivia

Vivimos en Cochabamba, no es una ciudad portuaria, pero qué convulsionada es. Vivimos en Bolivia, tampoco es portuaria, pero qué convulsionada es.

Los jóvenes reciben propuestas de todo lado. ¿Cuál es el sentido profundo? ¿Cuál es la verdad de las verdades? ¿Qué estás predicando? ¿Qué estás testimoniando?

¡Ay si la sal se desvirtúa! Una sal sosa no cumple su misión. No se trata de ser muchos, sino de no ser desvirtuados, vacíos, sin sentido. Nuestra misión es conservar la riqueza de la sal, la riqueza de nuestra identidad, la riqueza del Espíritu de Jesús.

“Ustedes son la luz del mundo”

Desde la Navidad se anuncia la luz que ilumina a los que viven en tinieblas. ¿Quién es la luz? Es el Maestro. Sin luz hay caos. Sin guía no se puede caminar.

No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Es lo que dice Isaías: para el justo brilla la luz en las tinieblas.

Si has descubierto la luz del Señor, tu testimonio debe indicar el camino. No somos luz propia. Somos como la luna: reflejo de la luz. El creyente puede ser luz solo si se deja iluminar por Dios.

Cuidar la luz y dar testimonio

Nos toca cuidar la luz, cuidar el Espíritu de Dios. No salvamos a nadie, no damos la vida a nadie, no damos sentido por nosotros mismos. Somos testigos que llevan a Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, cuidemos estos símbolos importantes. Cuidemos la presencia de Dios en nuestras vidas. Cultivemos el Espíritu, la Palabra, la luz del Señor, para que nuestras obras sean testimonio de esta luz que brilla en el mundo y en nuestras vidas.

Amén.


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