Jesús nos mostró este camino. No pasó de largo ante el dolor. Se acercó, curó, escuchó, compartió, levantó. Y finalmente entregó la vida. Por eso, cuando servimos, no hacemos solo una obra buena: hacemos presente el estilo de Cristo.
La caridad no exige gestos grandiosos. A veces es una visita, una escucha paciente, un plato compartido, una palabra que consuela, una defensa de la dignidad del otro. La esperanza se alimenta cuando se convierte en servicio.
En el Jubileo, la caridad nos llama a salir del egoísmo y de la indiferencia. Nos enseña que la vida se renueva cuando se comparte. Donde hay amor concreto, hay futuro posible. Y donde hay servicio, la esperanza se hace creíble.
P. Manuel Gilberto Hurtado Durán SJ , Facultad de Teología San Pablo, Universidad Católica Boliviana
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