En el camino de la vida, todos cargamos heridas. Algunas vienen de nuestras caídas; otras, del daño recibido. Cuando el perdón falta, la esperanza se apaga y el futuro se cierra. Por eso, el perdón es una de las expresiones más claras de la esperanza cristiana: abre nuevamente el camino. Dios no se cansa de perdonar. En el sacramento de la reconciliación, Cristo nos sale al encuentro, nos levanta y nos devuelve la dignidad. No es un juicio que aplasta; es una misericordia que reconstruye. Allí descubrimos que no estamos definidos por el error, sino por el amor de Dios. La reconciliación no es solo un acto interior. Tiene consecuencias: cambia el corazón, restaura vínculos, devuelve paz, permite comenzar otra vez. Y también nos educa para perdonar a otros, no por debilidad, sino por libertad. En este Jubileo, volvamos a la fuente del perdón. Quien se reconcilia camina más ligero. Y quien perdona, abre para sí y para los demás un futuro posible. Por: P. Manuel Gilberto Hurtado Durán SJ ,...
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