En la ciudad de Cochabamba funciona desde hace dos décadas un espacio que ofrece refugio, acompañamiento y esperanza a niñas y adolescentes que han sufrido violencia sexual dentro de sus propios hogares. Se trata del centro de acogida Nuestra Casa y sostenido principalmente por el trabajo voluntario de laicos comprometidos con la protección de la niñez.
Este lugar se ha convertido en un verdadero hogar temporal para quienes llegan tras atravesar situaciones profundamente dolorosas. Allí encuentran apoyo terapéutico, acompañamiento educativo y un entorno seguro para reconstruir su vida.
Un espacio para sanar
Keti Sarabia, licenciada en Ciencias de la Educación y Trabajo Social, forma parte del equipo del centro desde hace más de seis años. Ella explica que la institución funciona como un centro de acogida terapéutica para niñas víctimas de violencia sexual intrafamiliar, brindando una atención integral que incluye acompañamiento psicológico, social, educativo y familiar.
El objetivo principal es ayudar a las niñas y adolescentes a superar el trauma vivido y fortalecerlas para que puedan continuar con su proyecto de vida.
“Lo que buscamos es brindarles un hogar como cualquier otro hogar, una segunda casa donde puedan sentirse seguras y acompañadas”, explica Sarabia.
Cómo llegan al centro
Los casos que atiende el centro son derivados principalmente por la Defensoría de la Niñez y Adolescencia, que identifica situaciones de violencia sexual dentro del entorno familiar.
Dependiendo de cada caso, la atención puede ser temporal o prolongada. Algunas adolescentes permanecen en el centro hasta cumplir la mayoría de edad cuando no existe un entorno familiar seguro al cual retornar. En otros casos, cuando las víctimas son muy pequeñas, se busca posteriormente un espacio donde puedan continuar su desarrollo hasta la adultez.
El proceso de atención comienza con una etapa de contención emocional, evitando abordar de inmediato el hecho traumático para no revictimizar a las niñas. Con el paso del tiempo, cuando ellas se sienten más fortalecidas, se inicia el trabajo terapéutico especializado sobre la experiencia vivida.
Un hogar con responsabilidades y aprendizaje
La dinámica dentro del centro busca reproducir la vida cotidiana de una familia. Las niñas participan en actividades diarias como limpiar espacios comunes, lavar su ropa, colaborar en la cocina y realizar sus tareas escolares.
El objetivo es que no sientan que viven en una institución, sino en un ambiente de hogar donde puedan recuperar la estabilidad y el sentido de pertenencia.
Además de la vida comunitaria, todas continúan con su formación escolar. En muchos casos llegan desde provincias o comunidades alejadas, por lo que inicialmente se coordinan estudios a distancia y luego se realiza su inscripción en colegios de la ciudad.
Educación y herramientas para el futuro
El centro también promueve el desarrollo de habilidades que permitan a las adolescentes construir un futuro independiente.
Para ello se ofrecen capacitaciones en áreas como gastronomía, repostería, computación y primeros auxilios, de acuerdo con las habilidades e intereses de cada joven. Estas herramientas buscan prepararlas para enfrentar la vida adulta con mayor autonomía.
Un espacio pensado para el bienestar
La casa tiene capacidad para 15 niñas y adolescentes, distribuidas en cinco habitaciones. Además cuenta con diversos espacios diseñados para favorecer su desarrollo integral.
Entre ellos se encuentran una biblioteca, sala de estudio, área de computación, cocina, lavandería, gabinete de atención terapéutica, huerto, cancha y un patio con árboles frutales.
Todos estos ambientes permiten que las residentes desarrollen actividades educativas, recreativas y formativas dentro de un entorno seguro.
El valor del voluntariado
Una característica fundamental del centro es el apoyo del voluntariado, especialmente de mujeres que dedican su tiempo y esfuerzo para sostener esta obra.
Cada semana, voluntarias colaboran en diferentes actividades, desde la elaboración de artesanías hasta la búsqueda de recursos económicos para el funcionamiento del hogar. Además, el centro recibe periódicamente voluntarios internacionales que desean contribuir con esta labor social.
El directorio que administra el centro también está conformado por laicos comprometidos con la misión de acompañar a las niñas y adolescentes que han sufrido violencia.
Una misión que lleva 20 años
El centro nació hace aproximadamente dos décadas como un albergue que acogía a mujeres provenientes del área rural junto con sus hijos. Con el paso del tiempo, su misión se transformó hasta especializarse en la atención de niñas víctimas de violencia sexual intrafamiliar.
Actualmente es considerado el único centro en Cochabamba dedicado específicamente a esta tipología de atención, ofreciendo un modelo de acompañamiento terapéutico comunitario para fortalecer a las víctimas y ayudarlas a romper los ciclos de violencia que muchas veces se repiten de generación en generación.
Un mensaje para las mujeres
Desde el centro, el mensaje es claro: el apoyo entre mujeres es clave para transformar la realidad.
“Debemos apoyarnos entre nosotras mismas, fortalecer a nuestras niñas y adolescentes, porque ellas serán las mujeres que transformarán el futuro y romperán los ciclos de violencia”, señala Sarabia.
En un contexto donde la violencia sigue afectando a muchas niñas y adolescentes, espacios como este centro de acogida se convierten en un signo de esperanza, recordando que con acompañamiento, cuidado y solidaridad es posible reconstruir la vida y abrir nuevos caminos.

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