En el marco del II Domingo de Cuaresma, Mons. Óscar Aparicio centró su reflexión en el pasaje evangélico de la Transfiguración del Señor, subrayando que la vida cristiana es un camino hacia la participación plena en la gloria de Dios.
Durante su homilía, el Pastor arquidiocesano explicó que la subida al monte, donde Jesús se transfigura ante Pedro, Santiago y Juan, simboliza el camino de todo creyente: un peregrinar que implica esfuerzo, dificultades y tribulaciones, pero que tiene como meta el encuentro definitivo con Dios.
“La montaña en la Sagrada Escritura es signo del encuentro con Dios. Pero subir la montaña da fatiga”, señaló, destacando que la vida cristiana no está exenta de pruebas, aunque está iluminada por la promesa de la luz.
Al contemplar el rostro resplandeciente de Cristo, Mons. Aparicio recordó que la Transfiguración anticipa la Pascua y revela el destino final del ser humano: “Nuestro fin no es este mundo, no es un sepulcro, no es la oscuridad ni la desaparición. Nuestro fin es encontrarnos con Dios y participar de su gloria”.
En este contexto, resaltó la voz del Padre que proclama: “Este es mi Hijo muy querido… escúchenlo”, enfatizando que la renovación de la fe pasa por la escucha atenta de la Palabra de Dios y la oración constante. “La oración es escucha; es iluminación en medio de las tribulaciones y tentaciones”, afirmó.
Finalmente, el Arzobispo invitó a los fieles a no dejarse paralizar por el miedo ni por las dificultades de la vida. Recordando las palabras de Jesús a sus discípulos —“Levántense, no tengan miedo”— exhortó a renovar la confianza en el Señor y a caminar con esperanza.
“La Cuaresma es un tiempo para fortalecer nuestra fe, renovar nuestra confianza y recordar que somos peregrinos en camino hacia la Pascua definitiva”, concluyó.
HOMILÍA DE MONS. ÓSCAR APARICIO
ARZOBISPO DE COCHABAMBA
II DOMINGO DE CUARESMA
Hermanas, el primer domingo de Cuaresma, el domingo pasado, celebrábamos las Tentaciones; por lo menos, así se lo llama: el Domingo de las Tentaciones. Esto abre paso, seguramente, a este segundo domingo de Cuaresma.
Pero también les recuerdo que lo que concluíamos en aquella ocasión es que es cierto que todo ser humano es tentado; todo ser humano tiene que atravesar y enfrentar esta situación concreta de la tentación, sobre todo cuando, dudando de Dios, pretendemos ser dioses en todo sentido, en las cosas grandes y en las más pequeñas.
Esta es la gran tentación, en síntesis: dudar del amor de Él y pretender, más bien, ser dioses.
Jesús nos enseña cómo enfrentar las tentaciones, no sólo con acciones concretas que ya se nos proponían en la Cuaresma, sino propiamente en todos estos aspectos fundamentales, que podemos resumir en algo concreto: la absoluta confianza en Dios, que lo ama profundamente.
Por tanto, aunque es llevado al desierto, aunque es tentado por la fama, el poder, el prestigio, el dinero, el hambre o todo lo que pueda ser, en definitiva sale victorioso porque confía en Dios; se sabe amado de Dios y sabe que Dios nunca lo va a traicionar, ni lo va a dejar de amar.
Creo que es, hermanos, una bellísima manera de ayudarnos también a ir venciendo nuestras propias tentaciones, a las cuales siempre vamos a tener que enfrentar.
Hoy el Señor nos presenta, a través de la liturgia, la Palabra que profundiza en esto.
Abraham: salir de las seguridades
Hemos escuchado en el Génesis la pequeña historia de Abraham: un anciano sin descendencia, sin tierra, pero que, escuchando la propuesta de Dios —que le dice: “Sal de tu tierra, sal de tu parentela, sal de tus seguridades y confía en mí, que te voy a dar tierra y descendencia”—, se pone en camino.
La promesa que Dios hace no es para que el ser humano viva caído o derrotado.
Le dice a Abraham: “Ponte en camino y confía; tu seguridad soy yo, que te amo profundamente y te hago una promesa”.
Vean cómo se repite al Padre de la Fe, Abraham, la misma postura de Jesús a la cual se nos invita: la absoluta confianza, la renovación total de la fe y el confiar en Dios.
Se traslada también al ser humano Abraham. Es la historia nuestra.
No se queda solamente en Jesús, que puede cumplir esta Palabra; se transmite también a los demás, se transmite a ti. Abraham es nuestro Padre en la fe, y decir “Padre” significa que, a través de él, todo ser humano está llamado a salir, ponerse en camino, dejar sus seguridades temporales —las planificadas o aquellas que quería como ilusión desde su impotencia— y pasar a la confianza total y plena en Dios, que no lo abandona, que lo ama profundamente y que cumplirá su promesa.
Dejarse amar por Dios
“Señor, que descienda tu amor sobre nosotros”, hemos dicho en el salmo.
No es otra cosa que dejarse amar por Dios. Es esta actitud humilde y sencilla, sin pretender ser dioses, sin buscar seguridades a como dé lugar en esta vida.
Apoyarnos en Él. Confiar que Él te ama profundamente. Profundamente.
Si te ha creado, quiere que seas hijo de Dios. Si ha permitido que tu existencia sea una realidad en este mundo, es porque Él te ama y quiere que camines hacia la felicidad, que te realices como ser humano.
Dios no es un enemigo.
Dios no es alguien con quien debamos confrontarnos.
Dios no es un rival, porque nosotros somos criaturas, no dioses.
Dejarse amar por Él es fundamental en tu vida, en tu historia, en tus acontecimientos, en lo que eres y en lo que has experimentado en esta tierra, en este mundo, en los años que puedas tener, en tu familia, tu país y tu entorno.
Que sea un caminar constante de dejarse amar por Dios.
Renovar nuestra confianza en Él.
Tribulaciones y fidelidad
Así lo vuelve a decir Pablo, el apóstol, a Timoteo: “Pese a las tribulaciones, tú eres mi compañero en las tribulaciones”.
A través de nuestra misión y de nuestro anuncio tenemos tribulaciones; nos atacarán, nos perseguirán. Hay sufrimientos que padecer.
Cuando Jesús responde al tentador, sabe lo que le espera: sufrimiento. Cuando renueva su fe en Dios Padre y su confianza, sabe que pasará por la cruz. Y en la cruz tendrá que dar total y plena confianza. Hasta el extremo llega.
Pablo dice lo mismo: ánimo, con la fortaleza de Dios.
Confía en el Señor.
Confiemos en el Señor.
Renovemos nuestra fe.
En tu vida tienes tribulaciones, sufrimientos de uno y otro tipo. No sólo eres tentado, también tienes tribulaciones. ¿Qué te hace sufrir?
Pese a eso, la confianza en Dios debe ser renovada constantemente.
La Transfiguración: el destino final
El Evangelio propone todavía más. Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y los llevó aparte, a un monte alto. En la Biblia, la montaña es signo del encuentro con Dios. Pero subir la montaña da fatiga.
Salir, caminar, encontrar dificultades, vivir en este mundo es subir una montaña. Vamos al encuentro con Dios, pero hay dificultad.
Allí, en la montaña, Jesús se transfiguró en presencia de ellos. Su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.
Es la luz en plenitud que se presenta. La luz para iluminar las tinieblas.
Se aparecieron Moisés y Elías hablando con Jesús.
¿Hacia dónde caminamos? ¿Hacia dónde peregrinamos?
La propuesta es clara: el fin de nuestro camino no es este mundo. El fin es participar de la luz, es decir, de la gloria de Dios, al estilo de Jesús. Nuestros cuerpos serán transfigurados. Nuestra vida tiene sentido y proyección eterna: participar en la gloria de Dios.
Nos preparamos en esta Cuaresma para la Pascua, litúrgicamente; pero es anuncio de que nos preparamos para vivir la Pascua definitiva.
Nuestro fin no es este mundo.
Nuestro fin no es un sepulcro.
Nuestro fin no es la oscuridad ni la desaparición.
Nuestro fin es encontrarnos con Dios y participar de su gloria.
Escúchenlo
Pedro dice: “Señor, qué bien estamos aquí”.
Qué bien se está en el amor de Dios. No hay nada mejor que participar de su gloria.
Pero una nube luminosa los cubrió y se oyó una voz:
“Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección. Escúchenlo”.
Él es el Mesías. Él es el rostro visible del amor de Dios presente en tu vida y en la mía.
Si somos peregrinos en esta tierra, ¿cómo renovamos nuestra confianza en Dios?
Escuchando a Jesús.
Escuchando su Palabra.
Orando, porque la oración es escucha.
Escúchenlo.
No tengan miedo
Los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de temor.
Jesús se acercó, los tocó y les dijo: “Levántense. No tengan miedo”.
Queridos hermanos y hermanas, renovemos nuestra confianza.
Al estilo de Jesús.
Al estilo de Pablo.
Al estilo de Abraham.
Dejémonos amar por el Señor en este camino que nos toca, escuchando su Palabra.
Amén.
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