Por el bautismo, todos somos llamados a la misión. Y de modo particular, los laicos están enviados a llevar el Evangelio al corazón del mundo: a la familia, al trabajo, a la cultura, a la vida social. Allí donde se juega la vida cotidiana, el laico puede ser portador de esperanza.
Ser laico cristiano no es ser un creyente “de segunda categoría”. Es una vocación propia: vivir la fe en medio de las realidades temporales y transformarlas desde dentro, con el espíritu del Evangelio. La honestidad, la justicia, el respeto, la solidaridad, la responsabilidad social: todo eso es anuncio.
El compromiso laical no se expresa solo con palabras, sino con una vida coherente, con gestos de servicio, con la defensa de la dignidad humana, con la búsqueda del bien común. En un mundo donde a veces reina la desconfianza, el testimonio laical puede abrir caminos.
En este Jubileo, valoremos la vocación laical. Donde hay un laico comprometido, allí puede renacer la esperanza.
P. Manuel Gilberto Hurtado Durán SJ
Facultad de Teología San Pablo
Universidad Católica Boliviana
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