Parte de la parroquia San Pedro de Sacaba, en un lugar lejos del ruido cotidiano, existe un espacio donde la esperanza se reconstruye paso a paso. Se trata del Centro de Atención a la Mujer (CAM), una iniciativa que desde 2011 acoge a mujeres en situación de violencia y a sus hijos, brindando atención integral y acompañamiento en procesos de alto riesgo.
“Antes el tema de la violencia era considerado un problema privado. Hoy sabemos que es una responsabilidad del Estado y también de la sociedad”, explica Indira Rocha, coordinadora de la Casa de Acogida.
Una respuesta integral frente a la violencia
El CAM nació como iniciativa de la Comunidad Misionera de Laicos Vicentinos en Sacaba. Su eje central es la casa de acogida, destinada a mujeres y niños que llegan en situaciones de riesgo y alto riesgo —incluyendo casos con tentativa de homicidio—.
En estos años, el centro ha acogido a más de 500 mujeres y a más de 700 niños. Algunas llegan solas; otras, con uno, dos o hasta cinco hijos. En determinados momentos han convivido simultáneamente hasta cinco familias dentro del espacio de protección.
Además de la casa de acogida, el CAM cuenta con una oficina de atención externa, donde se apoya a mujeres que no requieren refugio, pero sí acompañamiento legal, social y psicológico.
La atención es integral y se organiza en varias áreas: Área social, área laboral, área legal (en coordinación con instancias estatales), área infantil. “Creemos firmemente que el trabajo dignifica a la persona”, afirma Rocha. Por ello, el centro ha desarrollado áreas productivas y de capacitación, entre ellas: un frutillar, la Granja Vicente de Paul, Delipan (panadería, repostería, gastronomía y servicio de catering), Maquishuan Songohuan ruasga (“Yo con las manos y con el corazón”), dedicado a la capacitación en costura artesanal y confección de prendas. Muchas mujeres, tras capacitarse, emprenden de manera independiente o replican lo aprendido en sus comunidades.
La persona en el centro
La filosofía del CAM se inspira en el enfoque vicentino: la persona es primero. “No aplicamos un método para que funcione hacia la mujer; la mujer es el centro y es protagonista de su historia”, subraya la coordinadora.
La metodología de la casa de acogida contempla cuatro fases: Ingreso y adaptación (de un día a una semana). Permanencia, que puede extenderse hasta tres meses o más, según el nivel de riesgo y las redes de apoyo. Egreso planificado, fortaleciendo redes comunitarias e institucionales. Pogreso o seguimiento, en coordinación con otras instancias.
El proceso incluye terapias, talleres de crecimiento personal, formación en administración de recursos, proyecto de vida y fortalecimiento de la maternidad. “Cada mujer vive su maternidad de manera diferente; no podemos encasillarla en un modelo único”, señala Rocha.
En el caso de los niños, los cambios suelen ser más visibles en pocas semanas: mejora en el lenguaje, establecimiento de límites y recuperación emocional.
Trabajo con la familia y con los varones
El CAM reconoce que la violencia muchas veces se convierte en una dinámica familiar naturalizada. Por ello, además del acompañamiento a la mujer, se coordina con un programa terapéutico para varones, ofreciendo un espacio de reflexión y atención.
“El varón muchas veces no tiene dónde hablar; solo se denuncia. También necesita un espacio terapéutico”, explica Rocha.
En casos de alto riesgo, se recomienda no retomar la relación de pareja; sin embargo, cada situación es evaluada con criterios técnicos y en coordinación con otras instancias.
Promotoras: de víctimas a líderes
Uno de los frutos más significativos del proceso es el surgimiento de las Promotoras en Derechos Humanos. Son mujeres que pasaron por la casa de acogida o recibieron atención externa y que hoy acompañan, orientan e informan a otras mujeres en situación de violencia.
Reciben formación en derechos, en la Ley 348 y en procedimientos legales. Con el tiempo, muchas se han convertido en líderes en sus juntas vecinales y organizaciones sociales.
“Se ve el liderazgo que una mujer puede asumir, pero que muchas veces es sustraído por vivir hechos de violencia”, afirma Rocha.
Redes que sostienen la vida
El trabajo del CAM implica coordinación constante con hospitales, escuelas, defensorías y redes comunitarias. No se trata solo de proteger, sino de garantizar derechos: salud, educación, acompañamiento psicológico y fortalecimiento familiar.
En cada proceso, la meta es que la mujer —sola o acompañada— pueda reconstruir su vida con dignidad, autonomía y seguridad.
Tras más de una década de servicio, el Centro de Atención a la Mujer no solo ha acogido a cientos de mujeres y niños; ha sembrado liderazgo, conciencia y esperanza en medio de una problemática que sigue creciendo.
“Ellas nos marcan, y nosotros aprendemos mucho de ellas”, concluye la coordinadora, recordando que cada historia de superación es también una historia de transformación comunitaria.







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