Toda peregrinación tiene una meta. La vida cristiana también. La Sagrada Escritura nos habla de la Jerusalén celestial: la plenitud que Dios prepara para su pueblo. Allí ya no habrá muerte, ni llanto, ni dolor; Dios habitará con nosotros (cf. Ap 21,1-4).
Esta esperanza final no nos aleja de la tierra. Al contrario, da sentido a nuestra vida presente. Cuando sabemos hacia dónde vamos, vivimos con más libertad. Relativizamos lo pasajero, resistimos la desesperación y nos comprometemos con más amor en lo cotidiano.
La Jerusalén celestial es la promesa de que todo lo bueno será llevado a plenitud, y de que Dios hará justicia definitiva. Es el horizonte que sostiene la perseverancia, especialmente cuando el camino se vuelve duro.
En este Jubileo, levantar la mirada hacia la meta final es un acto de fe y de esperanza. Caminamos hacia la comunión plena con Dios. Y esa certeza nos permite vivir hoy con un corazón más firme, más libre y más esperanzado.
El Jubileo de la Esperanza nos recuerda que estamos en camino.
No caminamos solos, no caminamos sin rumbo, no caminamos sin promesa. Dios nos acompaña, nos alimenta y nos renueva.
Que estas reflexiones nos ayuden a volver al centro: Cristo resucitado, fundamento firme de nuestra esperanza. Que nos impulsen a caminar como Iglesia, en comunión y sinodalidad, sosteniéndonos mutuamente. Y que nos animen a traducir la esperanza en gestos concretos: oración, sacramentos, perdón, servicio, compromiso con la justicia, cuidado de la creación y acompañamiento de las familias.
Ser peregrinos de esperanza no es negar las dificultades, sino atravesarlas con fe, con amor y con la certeza de que Dios abre futuro.
Sigamos caminando juntos, confiados en que la última palabra es de Dios, y esa palabra es vida.
JUBILEO DE LA
ESPERANZA
Serie de
reflexiones –
Arquidiócesis de Cochabamba
Facultad de Teología San Pablo
Universidad Católica Boliviana

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