En nuestra peregrinación de fe, no caminamos solos. Nos acompaña una gran nube de testigos: los santos y mártires. Ellos no fueron personas irreales o perfectas, sino creyentes que confiaron en Dios en su tiempo, con sus luchas y límites. Los santos muestran que el Evangelio se puede vivir en lo cotidiano: en la familia, en el trabajo, en la enfermedad, en el servicio silencioso. Su vida dice: es posible perseverar. Y los mártires, con una fuerza particular, nos recuerdan que la esperanza cristiana es más fuerte que el miedo y que la muerte. Mirarlos no es admirar desde lejos. Es dejarnos alentar. Ellos nos enseñan que la fe madura en la fidelidad diaria, y que el amor puede llegar hasta el extremo. También interceden por nosotros y nos acompañan como hermanos mayores en el camino. En este Jubileo, recuperemos su memoria. Ellos son compañeros de ruta. Su testimonio nos dice, con fuerza serena: no te detengas. Sigue. La meta vale la pena. P. Manuel Gilberto Hurtado Durán SJ Facultad de ...
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