El día domingo 6 de julio en el marco del Encuentro Arquidiocesano de Catequistas se llevó a cabo el Jubileo de los catequistas de la Arquidiócesis de Cochabamba. La actividad contó con la participación de más de setecientos catequistas pertenecientes a treinta y siete parroquias.
El Jubileo inició con la peregrinación a la puerta Santa del Santuario que inició
del Colegio Urkupiña de Quillacollo. Peregrinación que estuvo acompañada por
cantos y oración. El Jubileo finalizó con la celebración de la Eucaristía a los
pies de la Virgen de Urcupiña.
La
celebración estuvo presidida por Mons. Oscar Aparicio, Arzobispo de Cochabamba,
a continuación, les presentamos un resumen de la homilía.
Vean que la primera característica que aparece aquí en el evangelio del apóstol o del discípulo, podemos decir del profeta, podemos decir del catequista, podemos decir del enviado por Dios, está muy claramente. Es Dios quien elige, es Dios quien escoge para que su misión siga adelante. Es la primera característica que aparece.
Jesús los envía
El
segundo momento es que es Jesús mismo que los envía, pero los envía con una
misión específica. Vean que se menciona también que vayan y anuncien esto,
entren a todas las casas, pero sin alforjas y ningún tipo de potestad.
Simplemente confiando en el Señor, en su palabra, confiando en esta misión.
¿Cuál es la autoridad? ¿Cuál es el poder que se les ha dado? No es ni su fama, ni su prestigio, ni su dinero, ni su nombre, ni que van en representación de este club o no club o lo que sea, o de esta parroquia o de la otra. En realidad, van en la misión del Señor, confiados sólo y únicamente en esta palabra, anunciar el evangelio. Son propiamente aquellos que precederán a Jesús, porque Jesús irá después visitando estos pueblos y estas casas.
Deben Orar por
que van en nombre de Jesús
No
por nada entonces, es la mención justamente de que vayan sin alforja, sin
dinero, sin hábitos, sin ninguna seguridad. Repito más, que la autoridad y el
poder conferido por Dios o por Jesús. La otra característica que les dice,
ustedes oren. Al iniciar esta misión deben orar, porque van en nombre de Jesús,
no van en nombre propio. Confiados en su palabra y cuando entren a una casa, es
hermoso lo que dice. Saluden y en primer lugar digan que descienda la paz sobre
esta casa, que descienda la paz sobre esta casa.
Si
ellos van en nombre de Jesús, significa que la palabra del profeta Isaías que
se nos ha proclamado o se les ha dicho a ellos, o la experiencia de Pablo que
está presente ahí, es cierta. Ellos son hombres, mujeres de paz. Gozan de la
paz.
¿Qué
quiere decir la paz? No es sólo ausencia de guerra o de violencia o de peleas,
no sólo es ausencia de, o mejor, no es sólo la vacación eterna, la tranquilidad
sin que nadie me moleste. Se trata de la presencia real y verdadera de Jesús,
del crucificado pero resucitado. Se trata del espíritu de Jesús que da
certidumbre en este mundo y que nos capacita inclusive para enfrentar las
adversidades.
Es
esta paz que nos da no sólo alegría en el corazón, sino esta paz que significa
por tanto también esta certeza de que Dios nos ama profundamente. De que Dios
ha tocado el corazón, de que Dios permite que así como el profeta Isaías decía
de Jerusalén, nos consuela, que nos ama y que propiamente gozamos de los frutos
de esta paz. La paz, la justicia, el amor.
Un hombre de paz
¿Qué
es lo importante? ¿Qué es lo fundamental para ser hombre de paz? ¿Para ser
profeta? ¿Para ser anunciador? ¿Qué es fundamental para anunciar el evangelio y
hacer la misión de Jesús? Que seamos criaturas nuevas, renovados en el Señor,
con nuevo espíritu, amados y perdonados. Hombres y mujeres de paz. Que la paz
descienda sobre esta casa.
El
reino de Dios está cerca. Este reino tiene que hacerse presente en tu vida, en
tu corazón, en esta casa, en esta ciudad, en este mundo. Que la paz sea con
ustedes.
El Catequista no
salva a nadie
Hermanos
míos, nosotros no somos salvadores de nada, ni de nadie, ni de nadie. Por más
que seamos de mucha experiencia en la catequesis, por más que seamos grandes
catequistas, por más que seamos elocuentes, por más que seamos tan capaces en
nuestra misión o en nuestra tarea, pero no salvamos definitivamente. Quien
salva es Jesús.
Quien
hace posible que los corazones se conviertan y cambien es el mismo Señor. Pero
dejen libertad. Si alguien la recibe, que sobre él permanezca esta paz.
Si
no la quieren recibir, la refutan, no tendrán paz. No llegará la paz. Jesús,
así como Dios Padre, no nos obliga a recibir.
Vean
ustedes cuánto resentimiento, cuánta incapacidad de perdonar, cuánta
incapacidad, cuánta falta de entendimiento entre nosotros, cuánta
irresponsabilidad frente al poder y la autoridad que se ha dado, cuánta
mentira, cuánta corrupción, cuánta muerte y violencia. Quien hace la guerra no
vive en paz. Quien no se ha reconciliado con Dios y los hermanos no vive en paz.
En
caso de que no las reciban, en caso de encontrar refutación, ¿qué es lo que hay
que hacer? Salgan a las ciudades, sacudan hasta el polvo de sus pies y digan
que no son responsables de esta refutación. Sin embargo, díganles que el reino
de Dios de todos modos está presente. La invitación queda abierta, la
invitación queda abierta.
Por
lo tanto, no sólo ha llegado a todo el mundo, aclama al Señor tierra entera,
decíamos en el Salmo, no sólo ha llegado en la totalidad, llega también a
aquellos que si se convierten y reconocen pueden volver a la casa del Padre. De
todos modos, el reino de Dios está cerca. Esta es la labor de ustedes, esto es
lo fundamental para ustedes.
Les
aseguro que en aquel día Sodoma será tratada menos rigurosamente que esta
ciudad. Una cosa, hermanos, es vivir en paz, con el corazón en paz, en comunión
y en fraternidad. Y otra cosa muy diferente es no tenerlo.
No
se alegren porque ya son desde el inicio de los catequistas están aquí. No se
alegren sólo por eso. No piensen que son los mejores. No es por su bella cara.
La juventud también se acaba, hermanos míos. La belleza sirve de poco. La
arrogancia sólo lleva a la perdición. Alégrense más bien de que sus nombres
están escritos en el cielo. Y ese es un don de Dios.
Jubileo de los
catequistas
Ese
es un don de Dios. Queridos hermanos, queridas hermanas, en este jubileo creo
que es el deseo más grande justamente que todo profeta, todo apóstol, todo
catequista, todo discípulo pueda gozar justamente de aquello. ¿Tienes gozo en
el corazón por lo que haces? ¿Tienes gozo en el corazón pese a la refutación?
¿Tienes gozo en el corazón pese a tus miedos, a tus crisis? ¿Tienes gozo en el
corazón y haces fiesta porque has anunciado esto y sabes que el Señor te tiene
inscrito en el cielo? Que sea así.
Somos
peregrinos en este mundo, peregrinos de esperanza. Es lo que anunciamos.
Entonces les deseo, les deseo lo mejor y si ustedes de verdad anuncian la paz
teniendo paz, anuncian el amor teniendo amor, anuncian la misericordia y el
perdón teniendo misericordia y amor, todo será diferente.
No
sólo para ustedes sino en nuestra arquidiócesis. Son sembradores de paz.
Felicidades entonces, catequistas. Felicidades en este jubileo que me imagino
que han seguido los pasos también del jubileo así como hay que seguir.
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