50 años sembrando esperanza en Bolivia: el legado de las Hermanas del Rosario


Medio siglo de misión, educación y servicio a los más vulnerables marcan la historia de la Congregación de las Hermanas de la Bienaventurada Virgen María Reina del Santo Rosario en Bolivia. Desde Yapacaní hasta Cochabamba, su carisma ha transformado la vida de miles de niños, jóvenes y familias, siempre con una misma convicción: hacer presente el amor de Dios allí donde más se necesita.

Hace cincuenta años,  religiosas llegaron a Bolivia con una misión clara: compartir el Evangelio a través de la educación, la acogida y la promoción de la dignidad humana. Hoy, cinco décadas después, las Hermanas de la Bienaventurada Virgen María Reina del Santo Rosario celebran una historia marcada por el servicio silencioso y la cercanía con quienes más necesitan una mano amiga.

La hermana Bruna Pierobón, una de las religiosas que ha dedicado más de dos décadas de su vida a la misión en Bolivia, resume el espíritu de la congregación en una frase sencilla pero profunda: "Quien llega a nuestra casa debe sentirse en familia".

Una misión nacida para educar y dignificar

La congregación nació oficialmente en 1925 con el propósito de responder a las necesidades educativas de la infancia y la juventud. Su espiritualidad, explica la hermana Bruna, está centrada en amar a Jesucristo y vivir una auténtica fraternidad inspirada en la caridad, la sencillez y la humildad.

Ese mismo espíritu llegó a Bolivia en 1976, cuando las primeras hermanas se establecieron en San Carlos de Yapacaní y posteriormente en Santa Fe de Yapacaní.

Allí respondieron a una necesidad urgente: muchas adolescentes no podían continuar sus estudios porque en sus comunidades no existían colegios de nivel secundario. La congregación abrió un internado que durante años permitió que cientos de jóvenes accedieran a la educación y construyeran un futuro diferente.

La acogida como sello de identidad

Más allá de las obras materiales, la hermana Bruna considera que el mayor patrimonio de la congregación es su forma de recibir a las personas.

"No recibimos a quien llega en una sala de visitas. Lo acogemos en nuestra casa, como parte de nuestra familia", afirma.

Para las religiosas, el verdadero servicio consiste en reconocer la dignidad de cada persona, especialmente de quienes viven situaciones de vulnerabilidad, abandono o exclusión.

El Hogar Wásinchej: reconstruir vidas

Uno de los proyectos más significativos de estos cincuenta años ha sido el Hogar Huásinche, abierto en 1990.

El centro acoge a niñas y adolescentes que han sufrido diferentes formas de violencia o abandono, ofreciéndoles un espacio seguro donde puedan sanar emocionalmente, continuar sus estudios y reconstruir su proyecto de vida.

"Queremos que cada niña recupere la dignidad que la vida le ha quitado y pueda mirar el futuro con esperanza", señala la religiosa.

El hogar funciona en coordinación con las instituciones de protección de la niñez y cuenta además con el apoyo de voluntarios y benefactores que hacen posible esta misión.

Evangelizar también es educar

Durante estos cincuenta años, las Hermanas del Rosario también desarrollaron una intensa labor pastoral.

Han trabajado en comunidades rurales del altiplano junto a los padres salesianos, impulsaron escuelas donde antes no existían, acompañaron procesos de catequesis y fortalecieron la vida parroquial en distintas comunidades.

Desde 2004 tienen a su cargo la Capilla Virgen del Rosario, en el sur de Cochabamba, donde acompañan la iniciación cristiana, la preparación para los sacramentos y la formación permanente de niños, jóvenes y adultos.

Además, promovieron la construcción de una guardería para ofrecer estimulación temprana a niños pequeños, convencidas de que la educación comienza desde los primeros años de vida.

Solidaridad después de la pandemia

La crisis provocada por la pandemia también transformó sus prioridades.

Actualmente impulsan un proyecto de canastas familiares destinado a personas que atraviesan dificultades económicas.

"Después del COVID comprendimos que muchas familias necesitaban recuperar lo más básico: el alimento y la dignidad", explica la hermana Bruna.

Este trabajo es posible gracias a la colaboración de voluntarios, familias bolivianas y el apoyo económico de la congregación en Italia.

Mirar hacia nuevas periferias

Celebrar cincuenta años no significa detenerse.

Durante el encuentro con la Madre General de la congregación, las hermanas reflexionaron sobre los nuevos desafíos de la misión. La gran pregunta que hoy orienta su discernimiento es sencilla, pero profundamente evangélica: "¿Dónde nos está llamando ahora el Señor?"

La hermana Bruna reconoce que, aunque las comunidades han construido relaciones sólidas y espacios de servicio, el Evangelio las impulsa constantemente a salir hacia nuevas periferias.

"No hablamos solamente de pobreza económica. También existe la pobreza de dignidad, de educación, de formación y del primer anuncio del Evangelio. Allí sentimos que Dios puede estar llamándonos."

Un llamado para las nuevas generaciones

Otro desafío importante es despertar nuevas vocaciones.

La congregación continúa acompañando a jóvenes que desean discernir su llamado a la vida religiosa y anima a descubrir que entregar la vida a Dios es un camino de plena realización.

"Queremos mostrar que una mujer puede realizar plenamente su vocación entregándose al servicio de Dios y de los demás."

La Eucaristía y el Rosario, el corazón de su espiritualidad

Las Hermanas del Rosario definen su espiritualidad como profundamente eucarística y mariana. Para ellas, la Eucaristía es el centro de cada jornada y el Rosario no es solamente una práctica de piedad.

"El Rosario es la síntesis del Evangelio. Nos invita a vivir aquello que proclamamos con los labios."

Ese mismo espíritu se comparte con la Confraternidad del Rosario y con los grupos de familias que acompañan en Bolivia, promoviendo la oración, la reflexión diaria del Evangelio y el compromiso con la misión de la Iglesia.

Cincuenta años construyendo Reino

Al hacer memoria de estas cinco décadas, la hermana Bruna no pone el acento en las obras construidas, sino en las personas encontradas.

Miles de niños, jóvenes, familias, catequistas, voluntarios y comunidades han formado parte de esta historia de servicio que continúa escribiéndose.

Con sencillez, concluye que el mayor regalo recibido durante estos cincuenta años ha sido comprobar que Dios sigue actuando a través de pequeños gestos de acogida, educación y fraternidad.


Porque, como han aprendido las Hermanas del Rosario en Bolivia, el Reino de Dios también se construye en silencio, abriendo las puertas del corazón a quienes más lo necesitan.

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