Vivimos tiempos de crisis: sociales, culturales, económicas, y también crisis de sentido. Muchas personas sienten incertidumbre y cansancio. En este contexto, la esperanza cristiana se vuelve más necesaria, porque no niega la realidad, pero tampoco se rinde ante ella. La esperanza cristiana no es evasión. Es una manera de atravesar la crisis con fe y responsabilidad. Nos permite mirar el sufrimiento de frente, sin cinismo y sin desesperación. Nos recuerda que Dios sigue presente y que puede abrir futuro donde nosotros vemos bloqueo. La esperanza se vuelve concreta cuando se hace cercanía: escuchar a quien está solo, acompañar al que sufre, compartir con quien necesita, defender la dignidad del vulnerable. En tiempos difíciles, esos gestos son profecía. En este Jubileo, estamos llamados a ser testigos de esperanza creíble: no con discursos vacíos, sino con una presencia compasiva y firme. La crisis no tiene la última palabra. Dios sigue trabajando en la historia y nos invita a colaborar...
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